Mamá revisó los papeles y aceptó hacerse cargo de los trámites.
Yo prometí no tocar nada sin permiso.
Una semana después, el torno estaba junto al antiguo garaje de mi abuelo.
Conté diecinueve precintos intactos.
Escribí sus números, tomé fotografías con el teléfono de mamá y preparé dos cartas: una para una tasadora cuyo nombre encontré entre los catálogos de Anselmo; otra para un arsenal naval.
Mientras esperábamos, el pueblo empezó a llamarme «el almirante».
Algunos lo decían sonriendo.
Otros esperaban a que pasara para reírse.
Una noche de lluvia, mientras sujetábamos la lona, estuve a punto de cortar un sello. Quería terminar con la duda.
Mamá me quitó suavemente los alicates.
Días después llamó Remedios Santamaría, la tasadora.
Me pidió varios números. Luego guardó un silencio larguísimo.
—Marcos, necesito que me contestes con mucho cuidado. ¿Sigue cerrado absolutamente todo?