No sabía si debajo había una oportunidad o sesenta euros malgastados.
Pero por fin alguien iba a ayudarnos a averiguarlo.
Remedios había pedido que hubiera testigos y que conserváramos la documentación de la subasta.
Hicimos una lista.
Fermín, por supuesto. También Eusebio Lozano, el subastador; Gonzalo Arenas, que había vendido la herencia; y don Ignacio Serrano, profesor de mecanizado del instituto de formación profesional.
Mamá avisó a Amparo Cuesta, que escribía en el periódico comarcal.
Yo añadí otro nombre.
Ramiro Escudero.
Mamá levantó la mirada.
—¿Estás seguro?
Asentí.
No quería discutir con él. Quería que estuviera allí para escuchar una respuesta que ninguno de nosotros podía dar todavía.
Entregué la invitación en su oficina.
Ramiro la leyó apoyado en el mostrador.
—Así que al final viene la Armada.
—Viene un especialista.
Sonrió.