Alejandro Salgado estaba sentado frente al escritorio.
Ya no estaba empapado.
Llevaba otro traje impecable y parecía completamente fuera de lugar entre cajas de archivos, horarios impresos y una cafetera vieja.
Se puso de pie.
—Buenos días, Valeria.
Ella miró a su supervisor.
—¿Sofía está bien?
—Perfectamente.
Alejandro sonrió.
—De hecho, no ha dejado de hablar de usted.
El supervisor carraspeó.
—Los dejo conversar.
Salió antes de que Valeria pudiera protestar.
Ella permaneció de pie.
—¿Qué sucede?
Alejandro señaló la silla.
—Sé que esto va a sonar extraño.
—Después de ayer, mi definición de extraño cambió bastante.
Eso le sacó una sonrisa.
—Soy viudo.
Valeria dejó de bromear.
—Mi esposa murió cuando Sofía tenía poco más de un año. Fue una enfermedad muy agresiva.
Alejandro juntó las manos.
—Desde entonces hemos sido ella y yo.
Había contratado cuidadoras.