Todavía tuvo que limpiar un derrame en uno de los pasillos, ayudar a una señora a encontrar un producto y cubrir durante veinte minutos la caja de una compañera.
Cuando terminó el turno, tomó el autobús.
Llegó a su departamento.
Calentó unas sobras.
Revisó las cuentas.
Y antes de dormir pensó unos segundos en la niña del conejo blanco.
Esperaba que estuviera bien.
Nada más.
A las siete de la mañana siguiente, Valeria llegó al supermercado y encontró a su supervisor esperándola.
—Necesito que vengas a la oficina.
Valeria sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué pasó?
—Solo ven.
Mientras caminaba detrás de él, empezó a pensar en el día anterior.
¿Había abandonado su puesto demasiado tiempo?
¿Algún cliente se había quejado?
¿Había alguna norma sobre salir corriendo del área asignada?
Al entrar en la pequeña oficina, se quedó inmóvil.