Alejandro observó la puerta.
Durante décadas había bastado una llamada suya para conseguir casi cualquier cosa.
Esta vez tomó el bolígrafo.
—¿Dónde firmo?
Elena siguió las noticias desde su casa.
No sintió la satisfacción que había imaginado.
Su hijo seguía muerto.
Su nuera también había fallecido años después, tras una enfermedad que dejó a Sofía huérfana.
Ningún documento devolvería a sus padres.
Pero por primera vez existían pruebas examinadas independientemente, y las personas que habían tomado decisiones estaban obligadas a responder por ellas.
Una tarde, Marta le preguntó:
—¿Crees que Alejandro realmente cambió?
Elena miró hacia el jardín, donde Sofía jugaba.
—No sé si una persona puede cambiar todo lo que hizo.
Pero ahora está enfrentando consecuencias que antes habría intentado evitar.
—¿Y vas a perdonarlo?