Aquella tarde decidió que nunca volvería a necesitar a nadie.
Ahora acababa de hacerle sentir lo mismo a una niña.
Su teléfono sonó.
Era Ricardo Salcedo, su director de operaciones y hombre de confianza desde hacía 18 años.
—Tenemos problemas con el proveedor de transporte.
Sigue negándose a firmar las nuevas condiciones.
Ya mandé hablar con su hermano y parece que está cambiando de opinión.
Alejandro conocía perfectamente aquella expresión.
Durante años había permitido que Ricardo utilizara amenazas para cerrar acuerdos.
—Deja tranquila a su familia —ordenó.
—¿Perdón?
—Que revise el contrato con su abogado.
Si no quiere firmar, buscamos otra empresa.
—Alejandro, nosotros no trabajamos así.
—Entonces tendremos que cambiar.
Colgó y miró hacia la escuela.
—Cancela mi reunión.
El escolta abrió los ojos.
—¿Los 32 millones?
—La niña me pidió 50 minutos.
Puedo dárselos.
Regresó al auditorio, pero una maestra lo detuvo.