Una niña esperó sola bajo la nieve para pedirle a un desconocido que salvara su futuro

—Recuerdo a tu mamá —dijo—. Pero ¿por qué no me llamó por teléfono?

Camila bajó la mirada.

Las lágrimas finalmente comenzaron a caer.

—Porque le daba vergüenza.

Diego guardó silencio.

—Mamá dijo que necesitaba hablar con usted mirándolo a los ojos. Pero está demasiado enferma para salir.

La niña se secó la nariz con la manga.

—Entonces me pidió que viniera.

—Camila, no deberías estar sola aquí.

—Ya sé.

La respuesta salió tan bajita que a Diego se le cerró la garganta.

—¿Cuánto llevas esperando?

Camila se encogió de hombros.

—No sé.

Diego tocó con cuidado una de sus manos.

Incluso a través del guante podía sentir lo fría que estaba.

Se quitó inmediatamente el abrigo largo que llevaba y lo colocó alrededor de los hombros de la niña.

El abrigo casi la cubrió por completo.

—¿Dónde viven?

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