En una esquina aparecía una firma:
J. Carrasco, 1932.
El nombre despertó su curiosidad. Quiso mover el cuadro para colocarlo en un lugar donde recibiera más luz, pero el marco parecía estar pegado a la pared.
Tiró suavemente.
Nada.
Lo intentó otra vez.
Esta vez escuchó un crujido.
Parte del adobe detrás del cuadro comenzó a desprenderse.
Esperanza retrocedió pensando que había causado un daño irreparable. Pero cuando recogió los pedazos de barro, descubrió algo extraño: detrás del muro no había una pared sólida.
Había un espacio vacío construido a propósito.
Un escondite dentro del adobe.
Con una lámpara en la mano, se acercó lentamente y metió los dedos en la cavidad. Tocó una tela vieja y sacó un paquete pesado envuelto cuidadosamente.
Dentro había una caja de madera con un pequeño cierre metálico.