Aquello me destrozó.
Había pasado una década construyendo paredes mientras la persona que amaba solo esperaba una silla ocupada junto a ella.
Pocos días después llegaron los primeros compradores.
Miguel y Karla hicieron todo lo posible para espantarlos. Dejaron la casa desordenada, pusieron música a todo volumen y dijeron que la propiedad estaba en pleito.
—Si siguen viniendo compradores, haremos lo mismo —me dijo Miguel—. A ver quién compra.
No discutí.
Javier preparó una notificación formal: treinta días para abandonar la vivienda.
Entonces empecé a comprender por qué Miguel estaba desesperado.
Debía dinero.
Mucho.
Había comprado un automóvil a crédito, relojes, teléfonos y ropa costosa. Organizaba fiestas para impresionar a la familia de Karla y utilizaba parte del dinero destinado a mamá para sostener aquella apariencia.
Don Ernesto llevaba años presentándolo como “el yerno exitoso que había levantado esa casa”.