Volví a casa después de 10 años y escuché a mi cuñada decirle a mi madre: “Come abajo, nuestros invitados son gente importante”. Arriba había langosta y tequila; abajo, tortillas duras y comida recalentada. Mi hermano intentó justificarlo, pero yo marqué un número y dije: “Pon la casa en venta”. Nadie sabía que una grabación escondida iba a demostrar que aquello llevaba mucho tiempo ocurriendo.

Miguel había preferido robar poco a poco antes que admitir que la casa ni siquiera era suya.

Cuando Karla descubrió las deudas ocultas, explotó.

—¿También empeñaste mis pulseras?

—¡Todo lo hice por ti! —gritó Miguel—. Tu papá nunca dejaba de compararme con tus cuñados. Si uno compraba camioneta, tú querías camioneta. Si otro compraba terreno, tú preguntabas cuándo compraríamos nosotros.

—¿Y por eso le quitaste a tu propia madre?

Por primera vez Karla parecía mirarse a sí misma.

Pero antes de que aquella discusión terminara ocurrió algo peor.

Esa noche cayó una tormenta.

Entré al cuarto de mamá y encontré la cama vacía.

Su pequeña bolsa de ropa tampoco estaba.

—¡Mamá!

Recorrimos la casa.

Nada.

Llamé a Mariana, a doña Lupita, a vecinos.

Hasta Miguel salió en motocicleta bajo la lluvia.

Después de casi dos horas la encontré bajo el techo de nuestra antigua casa.

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