La vendería porque había dejado de ser un hogar.
Miguel intentó una última jugada.
Días después fue a casa de Mariana, se arrodilló frente a mamá y pidió perdón.
—Regresa conmigo. Te juro que vamos a cambiar.
Ella cedió.
Yo acepté darle una oportunidad.
Pero al día siguiente apareció otro comprador.
Miguel sentó a mamá en la sala, le acomodó un cojín, empezó a servirle fruta y dijo:
—Como puede ver, aquí vive mi madre y todos estamos de acuerdo en conservar la casa. Si usted compra, puede meterse en un problema familiar.
Mariana lo enfrentó.
—Miguel, ¿viniste a buscar a tu madre porque la extrañabas o porque necesitabas tenerla sentada aquí para espantar compradores?
Mi madre escuchó todo.
Se levantó lentamente.
—No vuelvas a llamarle cariño a esto. Solo te acordaste de mí cuando sentiste que ibas a perder la casa.