Miguel quedó destruido.
Aquella misma semana Karla encontró cartas de cobranza escondidas entre su ropa y confirmó que parte de sus joyas estaba empeñada.
Hizo una maleta y regresó con sus padres.
Don Ernesto ni siquiera la dejó entrar con tranquilidad.
—Los problemas del matrimonio se arreglan en la casa. ¿Qué va a decir la gente si vuelves separada?
Karla se quedó frente a la puerta, llorando.
El hombre que le había enseñado toda la vida a cuidar las apariencias acababa de demostrarle que prefería una hija miserablemente casada antes que una hija divorciada que pudiera provocar chismes.
Miguel tocó fondo.
Una tarde llegó a casa de Mariana sin discursos ni lágrimas teatrales.
Se sentó frente a mamá.
—Empecé tomando un poco del dinero. Pensaba devolverlo. Después necesité más. Cada mentira necesitaba otra mentira. Tenía miedo de que Rodrigo descubriera que yo no era el hombre exitoso que todos creían.