Mamá lo escuchó en silencio.
—Hijo, tú no te volviste pobre cuando te faltó dinero. Te volviste pobre cuando empezaste a cambiar tu dignidad y tu cariño por las apariencias.
Miguel lloró.
Esta vez nadie corrió a consolarlo.
Necesitaba sentir el peso de lo que había hecho.
Poco después Javier confirmó lo más grave: algunos gastos incluidos en el expediente de Miguel estaban inflados y otros simplemente no podían justificarse.
Podíamos iniciar acciones legales.
Yo tenía todas las pruebas: transferencias, recibos médicos, la grabación, el poder firmado cuando mamá estaba enferma y los documentos sobre las supuestas mejoras.
Quise denunciarlo.
También quise perdonarlo.
No sabía qué opción era correcta.
Mariana me dijo algo que terminó de aclararme las ideas:
—Perdonar no significa fingir que no pasó nada. Y exigir consecuencias tampoco significa destruir a una persona para siempre.