Volví a casa después de 10 años y escuché a mi cuñada decirle a mi madre: “Come abajo, nuestros invitados son gente importante”. Arriba había langosta y tequila; abajo, tortillas duras y comida recalentada. Mi hermano intentó justificarlo, pero yo marqué un número y dije: “Pon la casa en venta”. Nadie sabía que una grabación escondida iba a demostrar que aquello llevaba mucho tiempo ocurriendo.

Don Ernesto, padre de Karla, golpeó la mesa.

—¡Basta! Mi familia también ha invertido en esta propiedad. Si quieres vender, primero nos pagas todo lo que hemos gastado.

Javier pidió facturas.

Aparecieron recibos sin fecha, notas escritas a mano y comprobantes que ni siquiera correspondían a aquella casa.

Acorralado, Miguel hizo lo más cruel.

Se volvió hacia mamá.

—Dile algo, mamá. Si Rodrigo vende, Karla me va a dejar. ¿Quieres verme en la calle?

Mi madre empezó a temblar.

Y antes de que pudiera detenerla, se arrodilló frente a mí.

—Rodrigo… por favor. No vendas. Hazlo por tu hermano.

La levanté de inmediato, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Me estás pidiendo que deje la casa a quienes te mandaron a dormir junto a la lavadora?

Miguel ni siquiera intentó ayudarla.

Aquella noche decidí que nada iba a cambiar mi decisión.

Pero a las once, Javier me envió otro documento.

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