Verónica sintió que aquellas palabras escondían algo más.
Mauricio llevaba meses quejándose de sus turnos nocturnos. Sin embargo, él mismo había insistido en que siguiera aceptándolos porque necesitaban el dinero.
Ahora entendía por qué.
Mateo tiró suavemente de su uniforme.
“Mami…”
Verónica se agachó.
“¿Cuántas veces has jugado ese juego?”
Mateo contó con los dedos.
“Muchas.”
“¿Y siempre viene la tía Daniela?”
El niño miró a su padre antes de contestar.
Mauricio dio un paso hacia él.
“Mateo, mejor no digas cosas que no entiendes.”
Verónica se interpuso inmediatamente.
“No vuelvas a decirle qué puede contar.”
Daniela se quedó blanca.
“¿Muchas veces?”
Mateo asintió.
“A veces me da hambre, pero papá dice que no suba.”
Daniela se llevó una mano a la boca.
Mauricio intentó tomar a Verónica del brazo.
Ella se apartó.
“Ni me toques.”
Salió de la casa con Mateo y condujo hasta casa de su madre.