Javier asintió.
—Pensé que me debían algo por aquel terreno. Luego empecé a creer que Gabriel tenía demasiado y que yo merecía una parte. Cada mentira hizo más fácil la siguiente.
—El resentimiento te dio una excusa —dijo Gabriel—, pero fuiste tú quien tomó cada decisión.
Doña Teresa no lo abrazó. Tampoco lo rechazó.
—Te perdonaré cuando mi corazón pueda hacerlo, no cuando tú lo necesites. Mientras tanto, cumple tu condena, devuelve lo que puedas y aprende a vivir sin mentir.
Aquellas palabras fueron más duras que cualquier grito.
Poco después, Gabriel convenció a sus padres para pasar una temporada en la Ciudad de México. No quería arrancarlos de Puebla, así que acondicionó su casa y organizó atención médica cerca de ellos. Alternaban meses entre ambas ciudades. Don Ernesto volvió a caminar por las mañanas. Doña Teresa recuperó fuerzas y comenzó a cocinar mole poblano cada domingo, esta vez con la mesa llena.