La primera comida dominical en Puebla fue incómoda. Había una silla vacía y demasiadas cosas sin nombre. Diego llevó carnitas, Gabriel compró flores y doña Teresa insistió en usar la vajilla que reservaba para ocasiones especiales. Al principio hablaron del clima y de los vecinos. Después don Ernesto dijo que no quería una familia unida solo por miedo a discutir. Uno por uno reconocieron lo que habían callado. No hubo abrazos inmediatos, pero aquella conversación fue el primer recuerdo nuevo que no estaba construido sobre una mentira.
Una tarde, Gabriel llevó a sus padres a conocer la nueva residencia que estaba por inaugurar en Coyoacán. Frente al edificio había una lona blanca.
—Quiero que ustedes la retiren.
Cuando tiraron de la cuerda apareció un letrero de hierro: “Casa Teresa y Ernesto”.
Doña Teresa se cubrió la boca.
—¿Por qué nuestros nombres?