Volví sin avisar a Valencia y escuché a mi padre pedir permiso para sentarse en la mesa que él mismo construyó. Mis padres cenaban en el cuarto de herramientas mientras Nuria brindaba en su salón. Ella dijo: “Mejor comed en vuestro cuarto para no molestar”. No discutí, bloqueé las cuentas y llamé a mi abogado, hasta que vi lo que mi padre escondía bajo la tabla.

Aquello fue lo más difícil para Nicolás.

Volver al comedor, sentarse frente a la mujer que había quitado las llaves a su madre y fingir que no sabía nada.

Durante 2 días actuó como el hijo ocupado que solo había venido a visitar.

Incluso elogió a Nuria.

—Menos mal que estáis vosotros aquí. Yo desde Madrid no puedo controlar estas cosas.

Ella cayó en la trampa.

Empezó a hablar con orgullo de cuentas, medicamentos, recibos y “decisiones responsables”. Repetía que Manuel confundía fechas y que Carmen se ponía nerviosa con los bancos.

—A cierta edad, la tranquilidad vale más que la independencia —dijo.

Manuel bajó la cabeza.

Carmen apretó los dedos alrededor de la taza.

Nicolás sonrió.

—Supongo que tienes razón.

Aquella misma tarde Nuria sacó una carpeta.

—Ya que estás aquí, podríamos dejar una cosa resuelta.

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