Al abrir la puerta, Doña Carmen dio un paso atrás, pálida como un muerto. Valeria soltó un grito ahogado.
No era el del agua. Quien estaba parado en el marco de la puerta, con la maleta en la mano, el saco desabotonado y los ojos inyectados en sangre, no era otro que Mateo.
La tensión era tan densa que faltaba el aire. Mateo nos miró a las tres, su respiración agitada llenando el silencio de la sala. Nadie está listo para la tormenta que se avecina…
PARTE 3
El silencio en el departamento era tan profundo que se podía escuchar el zumbido del refrigerador. Mateo estaba de pie en el umbral, con el rostro blanco como el mármol y las manos apretando el asa de su maleta hasta que sus nudillos se tornaron morados. Sus ojos barrieron la sala: los papeles rotos en el suelo, mi cabello alborotado, la marca roja de la bofetada que florecía en mi mejilla izquierda, y finalmente, a su madre y su hermana.