Doña Carmen corrió hacia ella, entrando en escena.
—¡Ay, Dios mío, mi hija! ¡Mariana, estás enferma, te volviste loca desde que perdiste al niño!
Me quedé helada. Estaban grabando un video falso para mandárselo a Mateo. Querían demostrar que yo era una enferma mental, violenta e inestable, para justificar que me corrieran del departamento y me internaran o me mandaran con mis padres. Todo estaba fríamente calculado. Pero ellas no sabían que, escondido en la maceta de la sala, yo había dejado grabando mi celular viejo desde antes de que Mateo se fuera.
Valeria detuvo la grabación y me miró con una sonrisa macabra desde el suelo.
—Jaque mate, cuñadita. Tienes cinco segundos para firmar el poder notarial, o le mando este video a Mateo y a la policía.
El timbre del departamento sonó de golpe. Tres veces, largas y desesperadas. Las dos mujeres se callaron al instante. Valeria guardó su teléfono y doña Carmen corrió a la puerta, acomodándose la ropa.
—Seguro es el del agua —murmuró la suegra, quitando el seguro de la puerta con manos temblorosas—. Cállate la boca, Mariana.