—Perdóname, Mariana —sollozaba, abrazándose a mis rodillas—. Perdóname por obligarte a aguantarlas. Por decirte “es mi mamá, ignórala”. Por pensar que tú eras la exagerada. Fui un cobarde. Yo permití que entraran a lastimarte.
Le toqué el cabello despacio. Mi corazón, que llevaba cuatro meses congelado, por fin empezó a latir de nuevo, pero con un ritmo diferente. Ya no era la mujer ingenua que buscaba la aprobación de la familia tradicional mexicana.
—Levántate, Mateo —le dije con voz suave, pero firme.
Se puso de pie, mirándome con los ojos hinchados.
—No te voy a pedir el divorcio hoy —le dije, mirándolo a los ojos—. Porque sé que hoy te diste cuenta de quiénes son realmente. Pero quiero que me escuches bien: jamás, en lo que me reste de vida, voy a volver a sentarme en una mesa con tu madre o tu hermana. No van a conocer a mis futuros hijos, si es que Dios nos da otros. No entrarán a mi casa. Para mí, están muertas. Y si tú alguna vez intentas obligarme a “hacer las paces por la familia”, ese día hago mis maletas y no me vuelves a ver.