Carlos sacó a Doña Carmen. Arturo cerró la puerta y echó los dos seguros. Luego suspiró, tomó los papeles falsos y las pastillas en una bolsa de evidencia improvisada.
—Voy a mandar esto a un laboratorio toxicológico privado, Mateo. No sé si alcance para una denuncia penal después de cuatro meses, pero me encargaré de que Carlos y Valeria tengan que devolver ese dinero con intereses o irse a juicio por fraude. Te dejo para que hablen.
Cuando Arturo se fue, el departamento quedó sumido en una quietud sepulcral. Afuera, la lluvia comenzó a caer sobre la Ciudad de México, golpeando los ventanales del balcón.
Mateo cayó de rodillas frente a mí. Apoyó la frente contra mis piernas y empezó a llorar como un niño chiquito. Lloró por la traición de su madre, por la maldad de su hermana, y por el hijo que nunca pudimos cargar.