—Mariana, mi amor, no lo hagas más difícil —dijo Valeria, con su tono dulce y venenoso—. La familia tiene una emergencia y solo necesitamos tu firmita. Nadie te va a comer, no seas dramática.
Miré las hojas. Las letras negritas se volvieron borrosas, no por las lágrimas, sino porque el golpe me había dejado mareada. Hace apenas cuatro meses que perdí a mi bebé. Mi cuerpo aún no se recuperaba; cualquier estrés me provocaba un frío cortante en las manos y un dolor punzante en el vientre.
Tengo 33 años. Soy bibliotecaria en una primaria privada. Nunca fui la mujer ambiciosa que mi familia política esperaba, ni la nuera mustia que sabe adular para ganarse a la suegra. Solo quería una vida tranquila. Teníamos este departamento a crédito, nuestro perrito, y un bebé en camino al que Mateo y yo llamábamos “nuestro frijolito”. Pero hace cuatro meses, mi frijolito me dejó cuando apenas tenía 16 semanas. Desde ese día, este departamento se sintió como un panteón. El cuarto que pintamos de amarillo quedó vacío.