Ya estás desechable, mi hijo merece otra mujer”, me gritó mi suegra al darme un golpe seco tras cerrar con llave la puerta de la sala. Mi cuñada sacó una lista de deudas familiares y un documento para despojarme de la casa, mientras preparaban la trampa de autolesionarse frente al celular para hacerme pasar por demente. Me quedé helada, tomé el aparato de grabación oculto y esperé con el rostro hinchado. La cerradura giró con fuerza y mi esposo irrumpió con la maleta en la mano; al ver las imágenes en la pantalla, comprendió que su propia familia había intentado destruirme.

Esta mañana, Mateo, mi esposo, se fue a Texas por tres meses a un proyecto de su constructora. Dijo que con ese dinero extra pagaríamos la hipoteca y mis tratamientos. Antes de irse, le pidió a su madre y a su hermana que vinieran de Puebla a quedarse conmigo para que “no estuviera solita”. Él no sabía —o no quería aceptar— que lo que más terror me daba era convivir con dos mujeres que veían mi luto como un capricho.

Doña Carmen golpeó la mesa, sacándome de mis pensamientos.
—¡Deja de leer tanta babosada! Es un favor para tu cuñado Carlos, no te estamos pidiendo un riñón.
—No voy a firmar nada que tenga que ver con mi casa hasta que Mateo regrese —dije, tragando saliva, intentando mantener la voz firme.
Valeria soltó una carcajada.
—Mateo ya despegó, chula. Faltan horas para que aterrice. ¿Quieres que embarguen el negocio de mi esposo por tus caprichitos?

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