Entendí que no planeaban darme independencia. Planeaban deshacerse de mí sin perder los servicios que yo ofrecía gratis.
La dirección que guardaba
Lo que no sabían era que, meses antes, una amiga me había llevado a conocer una residencia de departamentos con un patio lleno de buganvillas, bancos bajo los árboles y talleres de cerámica, lectura y jardinería. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me preguntó qué me gustaba hacer. No qué podía hacer por los demás.
Revisé mis cuentas. El dinero de la venta de nuestra casa seguía invertido y mi pensión cubría buena parte de los gastos. Firmé el contrato una semana después. Mi nuevo hogar estaba a una hora y cuarto de la casa de mi hijo, y esa distancia era exactamente lo que necesitaba.
Un sábado, después de la cena, Gonzalo y Camila me esperaban en la cocina con hojas impresas: cuatro meses de actividades en columnas de colores. Martes y jueves, recoger a los niños. Miércoles, natación. Viernes alternos, supermercado. Sábados, disponibilidad. Vacaciones, cuidado por las mañanas. Hasta algunos domingos.