—¿Cuándo pensaron preguntarme si podía hacer todo esto?
—Son tus nietos. Pensamos que estarías encantada —dijo Camila.
—Adoro a mis nietos. Pero amarlos no significa estar disponible todos los días. Y no viviré en ninguno de esos departamentos que me enviaste, Gonzalo. Ya firmé un contrato. Me mudo en tres semanas.
Hubo un silencio. Camila soltó una risa amarga: «Dos domingos al mes… después de todo lo que hicimos por ti». Y añadió, con frialdad: «Si te vas, no cuentes con que los niños vayan a verte cada vez que se te antoje».
Esa frase me hizo entender que todavía no había comprendido nada. «Me dieron una habitación en su casa y siempre se lo agradecí. Pero esa habitación no les daba derecho a disponer de mis días como si fueran suyos».
Entonces fue Gonzalo quien habló: «Basta, Camila». Fue la primera vez en mucho tiempo que lo oí defenderme. Tomó el calendario, revisó las columnas y se detuvo: «Aquí dice que mamá cuidará a los niños todas las vacaciones. ¿Quién decidió eso?». Camila se calló. «Lo hablamos tú y yo. Nunca lo hablamos con ella».