Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

Aquella noche, Rafael lo encontró sentado sobre un bote de pintura, mirando el teléfono.

—¿Qué pasa?

Mauricio levantó la vista.

—Creo que fui un imbécil.

Rafael no respondió.

—Quiero volver con Mariana.

—Entonces habla con ella.

—Tengo miedo de que no quiera regresar conmigo.

Rafael dejó lentamente las herramientas sobre la mesa.

—Eso, Mauricio, ya no depende de mí.

Y antes de que pudiera decir algo más, el teléfono de Mauricio comenzó a sonar.

Era Mariana.

PARTE 3

Mauricio miró la pantalla durante varios segundos antes de contestar.

—¿Bueno?

—Mauricio, necesito hablar contigo.

La voz de Mariana sonaba tranquila.

Demasiado tranquila.

Rafael entendió que aquella conversación no le correspondía y salió al balcón.

—Claro —respondió Mauricio—. Dime.

—Mi mamá cuidará al bebé mañana por la tarde. Quiero ir al departamento.

Mauricio tragó saliva.

—¿Vas a volver?

Hubo un breve silencio.

—Quiero hablar contigo antes de decidirlo.

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