Aquellas palabras le dolieron más que cualquier ampolla en las manos.
Hasta ese momento había dado por hecho que Mariana regresaría.
Como si el matrimonio fuera una puerta que él podía cerrar cuando necesitaba tranquilidad y volver a abrir cuando se sintiera preparado.
—Está bien —murmuró—. Te espero.
Después de colgar, permaneció inmóvil.
Rafael volvió a entrar.
—¿Todo bien?
—No sé si Mariana quiere seguir conmigo.
Su suegro tomó una botella de agua.
—¿Y te sorprende?
Mauricio bajó la mirada.
Rafael nunca había sido un hombre de grandes discursos. Tampoco había insultado a su yerno durante aquellas semanas. Le había bastado con hacerlo trabajar.
Pero esa noche decidió hablar.
—Cuando nació Mariana, yo tenía veintiséis años. Trabajaba diez horas al día y llegaba cansado. Una noche ella no dejó de llorar. Su mamá llevaba horas tratando de calmarla. ¿Sabes qué hice?