Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

Aquellas palabras le dolieron más que cualquier ampolla en las manos.

Hasta ese momento había dado por hecho que Mariana regresaría.

Como si el matrimonio fuera una puerta que él podía cerrar cuando necesitaba tranquilidad y volver a abrir cuando se sintiera preparado.

—Está bien —murmuró—. Te espero.

Después de colgar, permaneció inmóvil.

Rafael volvió a entrar.

—¿Todo bien?

—No sé si Mariana quiere seguir conmigo.

Su suegro tomó una botella de agua.

—¿Y te sorprende?

Mauricio bajó la mirada.

Rafael nunca había sido un hombre de grandes discursos. Tampoco había insultado a su yerno durante aquellas semanas. Le había bastado con hacerlo trabajar.

Pero esa noche decidió hablar.

—Cuando nació Mariana, yo tenía veintiséis años. Trabajaba diez horas al día y llegaba cansado. Una noche ella no dejó de llorar. Su mamá llevaba horas tratando de calmarla. ¿Sabes qué hice?

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