Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

—No. Es mío.

—Ya sé.

—Ese es el punto. Si hubiera sido de ustedes, el problema habría sido igual. No puedes sacar a tu esposa porque un recién nacido te incomoda. Un hogar no pertenece al que necesita más silencio.

Mauricio permaneció despierto casi toda la noche.

Por primera vez desde el nacimiento de su hijo, no pensó en el ruido, en el trabajo ni en cuánto dormiría.

Pensó en Mariana saliendo del hospital con puntos, dolor y miedo.

Pensó en aquellas dos maletas azules.

Él mismo había entrado al departamento mientras ella seguía internada.

Había abierto el clóset.

Había doblado su ropa.

Había guardado sus zapatos.

Incluso había metido los productos personales del baño.

En aquel momento se sintió eficiente.

Ahora le parecía brutal.

Al día siguiente trabajó con Rafael desde temprano.

Terminaron el piso de la recámara, colocaron los últimos zoclos y limpiaron.

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