Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

Cuando acabaron, el departamento parecía otro.

El baño tenía azulejos nuevos.

La humedad había desaparecido.

Las paredes estaban recién pintadas.

El balcón estaba limpio y seguro.

Rafael incluso había reparado una puerta que llevaba casi un año atorándose.

A las cinco de la tarde sonó el timbre.

Mauricio abrió.

Mariana estaba ahí.

Sin bebé.

Sin maletas.

Solo ella.

Mauricio quiso abrazarla, pero se detuvo.

—Pasa.

Mariana recorrió el departamento lentamente.

—Quedó bonito.

—Tu papá es una máquina.

Desde la cocina, Rafael levantó una mano.

—Ya terminé. Me voy.

Tomó sus herramientas y salió, dejando a la pareja sola.

Mariana se sentó a la mesa.

Mauricio permaneció de pie unos segundos y luego ocupó la silla de enfrente.

—Escuché un audio de mi mamá —comenzó él.

Mariana lo miró.

—¿Qué audio?

Mauricio reprodujo el mensaje.

La voz de Teresa llenó la habitación:

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