Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

Mauricio había dividido las noches según sus horarios laborales. Él se encargaría de cambiar al bebé antes de las tomas, preparar lo necesario, lavar biberones cuando hiciera falta y bañarlo por las tardes. Los sábados por la mañana serían completamente suyos para que Mariana pudiera dormir o salir.

—No quiero que seas mi empleado —dijo ella.

—No. Pero necesito una guía hasta que deje de esperar que me digas qué hacer.

Aquella respuesta logró romper, por primera vez, la dureza en el rostro de Mariana.

—¿Quién te enseñó eso?

—Tu papá.

—¿Mi papá hizo un horario?

—No. Tu papá me dijo que si necesitaba instrucciones para ver un bote de basura lleno, probablemente también necesitaría instrucciones para ver un pañal sucio.

Mariana no pudo evitar reírse.

Mauricio también.

Fue apenas un instante, pero la tensión disminuyó.

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