Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

—No contestes rápido. Tener un hijo es tomarse fotografías, presumirlo, celebrar cumpleaños. Ser padre es levantarse cuando tiene fiebre. Limpiar vómito a las dos de la mañana. Cancelar planes. Cambiar pañales. Llevarlo al pediatra. Estar cansado y aun así seguir.

Mauricio miró sus manos.

Las tenía ásperas y llenas de pequeñas heridas.

Durante dos semanas había creído conocer el cansancio.

Pero ahora entendía que aquel trabajo tenía un final.

La paternidad no.

—Quiero ser su padre —dijo finalmente—. Y sé que decirlo no sirve de mucho.

Mariana permaneció callada.

—No te voy a pedir que me creas hoy. Déjame demostrártelo.

—¿Cómo?

—Regresen mañana.

Mariana frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—No.

Mauricio se levantó, fue hasta el refrigerador y sacó una hoja pegada con un imán.

—Hice esto.

Era un horario.

Mariana empezó a leer.

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