Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

—Desde que te casaste esa mujer te—

—Mamá, no.

Teresa volvió a callar.

—No vuelvas a hablar de Mariana de esa manera. Y no vuelvas a tomar decisiones sobre nuestro matrimonio.

—Después de todo lo que he hecho por ti…

—Lo sé y te quiero. Pero esto es mi familia.

Teresa colgó.

Mauricio dejó el teléfono sobre la mesa.

Mariana continuó observándolo.

—Eso fue nuevo.

—También fue aterrador.

Ella sonrió levemente.

—Bienvenido a la adultez.

Al día siguiente, Mariana regresó al departamento.

Pero puso una condición.

—Si alguna vez vuelves a empacar mis cosas sin preguntarme, no voy a necesitar que mi papá venga con herramientas.

—¿Qué vas a hacer?

—Cambiar la cerradura.

Mauricio asintió.

—Justo.

Aquella primera noche fue una prueba inmediata.

A la una y veinte de la madrugada, Mateo comenzó a llorar.

Mauricio abrió los ojos.

Durante un segundo, su antiguo reflejo le ordenó darse vuelta.

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