Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

Entonces recordó las maletas azules.

Se levantó.

—Yo voy.

—Tiene hambre —murmuró Mariana.

—Lo sé. Te lo llevo. Primero lo cambio.

Cinco minutos después regresó con el bebé limpio, aunque con el pañal colocado de una forma bastante cuestionable.

Mariana lo miró.

—Está al revés.

Mauricio observó al pequeño.

—¿Los pañales tienen frente y atrás?

Ella soltó una carcajada.

—Dámelo.

—No. Enséñame.

Lo hicieron juntos.

A las tres de la mañana Mateo volvió a despertar.

A las cuatro y media otra vez.

A las seis, Mauricio parecía no haber dormido en una semana.

Cuando sonó su alarma para ir a trabajar, se quedó mirando el techo.

Mariana lo observó.

—Puedes dormir otros quince minutos.

Mauricio negó con la cabeza.

—No. Me baño y me voy.

Antes de salir, preparó café para ambos.

Mariana tomó su taza.

—Gracias.

Fue una palabra pequeña.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *