Abrí la cajuela después de salir del hospital y sentí que me faltaba el aire: allí estaban mis maletas, preparadas por mi esposo mientras yo acababa de darle un hijo. “Serán solo tres meses; mi madre dice que necesito tranquilidad”, aseguró. Yo cerré la cajuela y contesté: “Perfecto”. Lo que él no imaginaba era que esos tres meses también podían cambiar quién tenía derecho a quedarse en casa.

Rafael señaló un bote y unos guantes.

—Además nos hace falta ayuda. Si quieres, puedes limpiar el polvo de la recámara mientras terminamos el baño.

Teresa retrocedió.

—Yo… tengo la presión alta.

—Puedes descansar cada veinte minutos.

—Y creo que dejé la plancha conectada.

Salió tan rápido que olvidó las enchiladas junto a la puerta.

Mauricio la vio desaparecer.

—Mamá…

Rafael le entregó una espátula.

—Seguimos.

Una semana después, Mauricio había bajado varios kilos y ya no recordaba cuándo había encendido por última vez su consola.

Pero algo más estaba cambiando.

Por las noches miraba las fotografías que Mariana le enviaba del bebé.

Una mostraba al pequeño dormido sobre su pecho.

Otra, a Mariana con enormes ojeras intentando sonreír mientras lo alimentaba a las tres de la mañana.

En una tercera fotografía había una taza de café frío sobre la mesa.

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