—Tener un recién nacido también debe ser pesado —respondió Rafael mientras mezclaba cemento—. Pero tú tuviste la suerte de disponer de estos tres meses libres de pañales.
El sábado llegó Teresa.
Entró al departamento cargando un recipiente con enchiladas, convencida de que encontraría a su hijo descansando frente al televisor.
En cuanto abrió la puerta, una nube de polvo la obligó a retroceder.
—¡Mauricio!
Lo encontró de rodillas, despeinado, sudando y con las manos llenas de pequeñas ampollas.
—¡Hijo! ¿Qué te hicieron?
Rafael apareció desde el baño con lentes protectores.
—Teresa, llegaste en el mejor momento.
—¿Qué está pasando aquí?
—Estamos arreglando el departamento. Fue idea de Mauricio preparar el hogar antes de que regresen Mariana y el bebé.
Teresa miró horrorizada a su hijo.
—Pero él necesita descansar.
—Precisamente por eso Mariana está con nosotros. Aquí Mauricio no tiene que levantarse de madrugada, no cambia pañales, no carga al niño. Tiene muchísimo tiempo libre.