La investigación dio un giro cuando la Fiscalía examinó las circunstancias de la oferta inmobiliaria.
Álvaro Mena había recibido instrucciones de una sociedad vinculada al entorno empresarial de los Valcárcel.
Le habían prometido una comisión extraordinaria si conseguía comprar la casa antes de que Isabel revisara las pertenencias de Mercedes.
Al ser interrogado, admitió que conocía el interés del comprador desde meses antes del fallecimiento de la anciana.
—¿Cómo sabían que iba a morir? —preguntó Isabel cuando Fernando se lo contó.
—No lo sabían —respondió el abogado—. Pero estaban atentos a cualquier oportunidad para adquirir el inmueble.
Clara encontró algo más.
Arturo llevaba semanas comunicándose con Álvaro.
Había enviado fotografías de la vivienda, planos antiguos y detalles sobre su estado.
Incluso había mencionado el pozo del patio.
Aquello enfureció a Isabel.
No porque pensara que Arturo conocía el secreto.
Sino porque había ofrecido los recuerdos de su madre a desconocidos mientras Mercedes todavía vivía.
—No sabía lo que había escondido allí —dijo Clara—. Pero estaba dispuesto a venderlo todo.
Isabel permaneció callada.
Su matrimonio no había terminado por aquella traición.
Aquella traición simplemente le había permitido verlo con claridad.
Al volver del funeral de mi madre, descubrí que mi marido negociaba a mis espaldas la venta de su casa, mientras yo aún llevaba la ropa del entierro. «Tu madre está muerta, no va a enterarse», me soltó sin remordimientos. Cancelé la venta y llamé a mi abogada. Pero una vecina de 86 años me señaló el viejo pozo, donde apareció una caja con una advertencia escrita 3 días antes de la muerte de mi padre.