“Me voy a Zacatlán con una amiga. No me busques. Te amo demasiado para permitir que todo el pueblo te hunda conmigo”.
Salí corriendo.
El autobús de las siete y cuarto estaba a punto de partir cuando llegué.
Lucía estaba sentada junto a una ventana.
Subí sin pensar.
—Bájate conmigo.
Negó con la cabeza.
—Mateo…
—Entonces me voy contigo. A Zacatlán, a Puebla, a donde quieras. Pero no vuelvas a decidir que debo perderte para protegerme.
Los pasajeros nos observaban en silencio.
—¿Y tu negocio?
—Puedo vender menos madera.
—¿Y el pueblo?
—Puede hablar.
—¿Y tu madre?
—Ya entendió que casi comete el mismo error que todos.
Lucía comenzó a llorar.
—Tres días creyendo que me abandonaste debieron bastarte para odiarme.
—Me bastaron para entender cuánto te amo.
Finalmente bajó.
No sabíamos que, al otro lado de la terminal, un niño de once años llamado Emiliano nos estaba observando.