Creí que la mujer con la que estaba a punto de casarme me había traicionado, hasta que la encontré agonizando en medio del bosque, todavía con el vestido de novia que llevaba tres días antes. Sus primeras palabras me dejaron helado: “No me lleves con mi familia… fueron ellos quienes me encerraron”. No discutí con nadie; simplemente llevé un misterioso medallón a una anciana para preguntarle por él… y ella terminó revelándome una muerte que había permanecido oculta durante casi treinta años.

“Me voy a Zacatlán con una amiga. No me busques. Te amo demasiado para permitir que todo el pueblo te hunda conmigo”.

Salí corriendo.

El autobús de las siete y cuarto estaba a punto de partir cuando llegué.

Lucía estaba sentada junto a una ventana.

Subí sin pensar.

—Bájate conmigo.

Negó con la cabeza.

—Mateo…

—Entonces me voy contigo. A Zacatlán, a Puebla, a donde quieras. Pero no vuelvas a decidir que debo perderte para protegerme.

Los pasajeros nos observaban en silencio.

—¿Y tu negocio?

—Puedo vender menos madera.

—¿Y el pueblo?

—Puede hablar.

—¿Y tu madre?

—Ya entendió que casi comete el mismo error que todos.

Lucía comenzó a llorar.

—Tres días creyendo que me abandonaste debieron bastarte para odiarme.

—Me bastaron para entender cuánto te amo.

Finalmente bajó.

No sabíamos que, al otro lado de la terminal, un niño de once años llamado Emiliano nos estaba observando.

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