Beatriz se levantó.
—¡Eso es mentira!
El niño dio un brinco.
El padre Esteban golpeó suavemente la mesa.
—Deje que termine.
—¡Un niño puede inventar cualquier cosa!
—Entonces será fácil comprobarlo —respondió el comisariado—. Vamos a revisar la bodega.
Por primera vez vi miedo verdadero en los ojos de Beatriz.
No indignación.
No dolor.
Miedo.
Rogelio retrocedió hacia la puerta.
Dos policías municipales que acababan de llegar se lo impidieron.
Nos trasladamos hasta la propiedad.
Beatriz protestó todo el camino.
Afirmaba que necesitaban una orden.
El comisariado había contactado ya a la Fiscalía y nadie iba a entrar a destruir nada. Sólo mantuvieron el área asegurada hasta que llegaron los agentes correspondientes.
En la vieja bodega había una puerta detrás de costales vacíos.
Lucía se detuvo al verla.
—Ahí.
Su voz se rompió.
—Ahí me tuvieron.
Un agente abrió.