Creí que la mujer con la que estaba a punto de casarme me había traicionado, hasta que la encontré agonizando en medio del bosque, todavía con el vestido de novia que llevaba tres días antes. Sus primeras palabras me dejaron helado: “No me lleves con mi familia… fueron ellos quienes me encerraron”. No discutí con nadie; simplemente llevé un misterioso medallón a una anciana para preguntarle por él… y ella terminó revelándome una muerte que había permanecido oculta durante casi treinta años.

“Escribe que te fuiste con otro hombre y te dejo salir”.

Lucía se negó.

La tercera noche logró desgastar la cuerda contra una pieza oxidada de metal y escapó.

Corrió hasta no poder respirar.

—Pensé que iba a morir debajo de ese árbol —susurró.

Le tomé la mano.

—Te creo.

Ella cerró los ojos.

—¿Aunque nadie más me crea?

—Aunque todo el pueblo diga lo contrario.

Horas después, mientras mi madre ayudaba a Lucía a cambiarse, encontró algo colgado de su cuello.

Un pequeño relicario de oro.

Lucía lo miró aterrada.

—Eso no es mío.

En el reverso había una inicial grabada.

Una “R”.

Y cuando se lo llevé a Jacinta, la anciana perdió el color del rostro.

—Mateo —susurró—, yo vi este mismo relicario hace casi treinta años.

Entonces me contó a quién había pertenecido.

Y entendí que el secuestro de Lucía no había comenzado el día de nuestra boda.

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