—Felicidades. Me dejaste en la ruina.
Lucía lo miró sin rabia.
—No. Yo sólo dejé de pagar tus decisiones.
Entonces sonó el teléfono de Ricardo.
Era Paola.
—¿Cómo que ya vendiste?
Escuchó en silencio y bajó el celular.
El departamento había sido vendido, la hipoteca liquidada y el último vínculo entre ambos, cerrado.
La casa por la que Ricardo había arriesgado a su familia ya ni siquiera existía.
Meses después, Mateo subió a un autobús rumbo al campamento de inglés que había querido tomar desde el año anterior.
—Mamá, todavía puedo quedarme. No tienes que gastar tanto.
Lucía le acomodó el cuello de la camisa.
—Quiero que vayas.
—Te vas a quedar sola dos semanas.
—Qué tragedia. Nadie dejará tenis en la sala ni vasos en el fregadero.
Mateo sonrió y la abrazó.
Durante años Lucía había aprendido a aplazarlo todo: vacaciones, descanso, cursos, hasta sus propios gustos. Siempre había una razón para esperar.