Esta vez no.
Mientras Mateo estaba fuera, Karla la convenció de pasar unos días en Valle de Bravo. Una cabaña sencilla, café frente al lago y una semana sin revisar estados de cuenta.
La tercera noche llamó Ricardo.
—Mateo dijo que te fuiste. ¿Con quién estás?
—Con Karla.
—¿De verdad?
Lucía soltó una carcajada.
—¿Ahora te preocupa con quién viajo?
—Tenemos diecisiete años de historia.
—Teníamos un matrimonio.
—¿Ya sales con alguien?
Lucía miró el lago oscuro.
—Aunque así fuera, no tendría que explicártelo.
—Soy el padre de tu hijo.
—Entonces pregúntame por tu hijo.
Ricardo se quedó callado.
—Voy a visitarlo el domingo.
—Perfecto. Eso sí es asunto tuyo.
Ese domingo llevó a Mateo a comer y le pidió perdón por haberlo metido en el conflicto.
—Dijo que ya no me hará escoger —contó Mateo después.