Cuando mi marido, desde la cama del hospital, me confesó que llevaba 30 años creyendo que yo criaba al hijo de su amante, todos esperaron verme derrumbarme. Él sonrió y dijo: “Criaste al hijo de la mujer que siempre amé”. Yo no lloré: saqué del bolso una vieja pulsera de maternidad y la puse frente a él. Entonces le susurré que aquella noche yo también había entrado en la habitación de los bebés.

Elena deslizó el informe hacia él.

—Cuando cumpliste 18 años me hice una prueba contigo sin contarte toda la historia. Necesitaba estar segura antes de tomar cualquier decisión. La compatibilidad materna fue del 99,99 %.

Lorena se quedó mirando el documento.

—Eso puede estar manipulado.

—Entonces quizá prefieras hablar con Diego —intervino el abogado.

Todos se volvieron.

Diego seguía junto a la entrada.

Tenía 30 años, trabajaba como técnico de emergencias y llevaba un sencillo jersey oscuro. Nada en él recordaba al niño delgado y asustado que Elena había visto tantos años antes.

Lorena palideció.

—¿Qué haces tú aquí?

Diego no respondió.

Miró directamente a Elena.

—¿Era usted?

Elena comprendió inmediatamente.

—Sí.

—¿Usted enviaba aquel dinero?

Ella asintió.

A los 17 años Diego había abandonado la casa de Lorena.

Durante toda su infancia había escuchado que era desagradecido, torpe, incómodo y demasiado parecido a una mujer a la que ni siquiera conocía: Elena.

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