Podíamos aparecer cualquier domingo después de comer, una tarde de verano o simplemente porque nos pillaba cerca. Nadie llamaba antes para preguntar si les venía bien que fuéramos.
Abríamos aquella puerta tan conocida y enseguida escuchábamos la voz de mi abuela desde el fondo de la casa: «¡Ay, mis niños! ¡Qué alegría que hayáis venido! ¡Venid aquí, que os vea!».
Salía a recibirnos como si llevara un año sin vernos, aunque a veces habíamos estado allí el domingo anterior. Nos abrazaba, nos daba un beso y empezaba a preguntar cómo estábamos. Y no tardaba ni un minuto en hacer la pregunta de siempre: «¿Habéis comido?».
«Abuela, si acabamos de comer». Pero daba igual. «Bueno, pues algo picaréis».
Y desaparecía rumbo a la cocina.
Quizá aquella era la primera magia de mi abuela: daba igual cuántas personas aparecieran sin avisar, siempre encontraba algo que poner sobre la mesa. Podíamos llegar cuatro y, media hora después, presentarse una tía con los primos. Ella nunca suspiraba ni contaba platos preocupada. Al contrario: «¡Qué bien, hoy tengo aquí a todos los míos!».