Verónica apretó el bolso contra su cuerpo.
—No.
—Entonces dame las llaves y abre esta reja.
—Alejandro, escucha…
—Llevan meses aquí abajo.
Su voz ya no era fuerte.
Era peor.
Era fría.
—Míralos.
Verónica volvió el rostro hacia sus padres.
Por primera vez pareció observar realmente lo que había hecho.
Su madre tenía las manos temblorosas. Su padre respiraba con dificultad. En una esquina había una cubeta utilizada como sanitario, algunas botellas de agua y platos de plástico.
—Yo no quería que terminara así —murmuró Verónica.
Don Joaquín respondió desde el colchón:
—Pero terminó así porque cada mañana elegiste volver a cerrar esa puerta.
Verónica comenzó a llorar.
—¡Yo también sufrí!
—Nadie dice que no —respondió Alejandro—. Pero sufrir no te daba derecho a convertir a nuestros padres en prisioneros.
Ella miró a su hermano con resentimiento.