Después de cuatro años postrada en una cama, mi suegra amaneció con el abdomen tan hinchado que apenas podía respirar. “Si la llevan al hospital, se arrepentirán”, nos advirtió mi suegro. Yo llamé a emergencias mientras mi esposo revisaba la grabación de una cámara escondida. Apenas aparecieron las imágenes de la noche anterior, comprendimos que aquella amenaza ocultaba algo mucho más terrible.

—¡No permitan que se acerque! —grité.

La enfermera levantó el teléfono para avisar a seguridad.

Pero antes de que terminara de hablar, otra empleada apareció corriendo por el pasillo.

—¡Doctora, hay una mujer dentro del área restringida! ¡Dice que debe aplicar una inyección antes de que sea demasiado tarde!

Daniel salió disparado hacia la habitación de su madre.

Y yo corrí detrás de él, aterrorizada por lo que estábamos a punto de descubrir.PARTE 3

Cuando llegamos al área de cuidados intensivos, encontramos a dos enfermeras intentando impedir que una mujer entrara en la habitación de Elena.

Tenía unos cuarenta años, el cabello teñido de rubio y una bata blanca sobre su ropa. En una mano sostenía una bolsa de plástico; con la otra intentaba apartar a una de las enfermeras.

—¡Me están haciendo perder el tiempo! —gritaba—. ¡El esposo de la paciente me autorizó a traerle su medicamento!

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