—Aquí nadie puede administrar sustancias sin una orden médica —respondió la enfermera.
Daniel se quedó paralizado.
Yo miré a aquella desconocida y pregunté:
—¿Usted es Carolina?
La mujer giró la cabeza inmediatamente.
Su expresión cambió.
—¿Y tú quién eres?
—La nuera de la mujer a la que quiere acercarse con esa bolsa.
Carolina retrocedió un paso.
En ese instante apareció Arturo detrás de nosotros.
—¡Déjenla pasar! ¡Yo le pedí que viniera!
Daniel se volvió hacia su padre.
—¿Tú la mandaste?
Arturo abrió la boca, pero no respondió.
La encargada de enfermería ya había llamado a seguridad. Dos guardias llegaron y pidieron a Carolina que permaneciera allí mientras aclaraban su identidad.
Ella intentó guardar rápidamente algo dentro de su bolsa.
Yo alcancé a distinguir una jeringa.
—¡No dejen que se lleve eso! —exclamé.
Carolina me lanzó una mirada llena de odio.
—¡Maldita metiche! ¡Por tu culpa se está arruinando todo!