Alejandro cerró los ojos.
Aquel cuarto medía cuatro metros cuadrados.
Su madre había querido usarlo para guardar escobas. Él mismo había dicho una vez que Mariana “estorbaba” en la recámara principal. Ella se mudó allí sin discutir.
Y desde ese cuarto había desarrollado una investigación que ahora podía valer miles de millones de pesos.
Los periodistas preguntaron por su parentesco con don Rafael Salazar.
—Sí, es mi padre biológico.
—¿Por qué ocultó su identidad?
Mariana negó suavemente.
—Nunca la oculté. Simplemente nadie me preguntó quién era.
La frase se volvió viral.
Las redes se llenaron de comentarios sobre la “esposa invisible” que había resultado ser una científica brillante y heredera de un gran grupo farmacéutico.
Teresa Cárdenas casi dejó caer el teléfono.
Durante tres años la había llamado “muerta de hambre” y “huérfana recogida”, incluso la había obligado a limpiar baños. Ahora descubría que la mujer humillada podía comprar varias veces la empresa familiar.