En menos de un año, NÁYARI firmó acuerdos con cadenas de farmacias de todo México. Alejandro seguía las noticias desde una oficina cada vez más vacía.
Un día, el consejo de administración le pidió que negociara con Mariana una licencia tecnológica.
Él soltó una risa amarga.
—No va a recibirme.
—Fue tu esposa —insistió uno de los consejeros.
Alejandro lo miró.
—Exactamente. Por eso no va a recibirme.
Semanas después renunció como director general.
Dejó su carta sobre la mesa y viajó a Puebla para conocer las comunidades que Mariana había visitado durante años.
Un productor anciano le mostró un camino de montaña.
—La doctora subía por aquí con nosotros. Se llenaba los zapatos de lodo, cargaba costales, escuchaba nuestros problemas y nunca pidió trato especial.
—Yo quería conocer el camino —dijo Alejandro.
El hombre lo miró con lástima.