Después de tres años engañándome con anticonceptivos, mi marido dejó sobre la mesa cuatro cápsulas peligrosas y dijo con indiferencia: “Son de calcio”. Yo reconocí lo que eran, fingí tomarlas y esa misma noche desaparecí. Él creyó que su descuido me había matado; lo que no sabía era que mi ausencia activaría un testamento, millones en contratos y la caída de toda su familia.

—Llegó tarde, joven.

—Sí —respondió él—. Llegué tarde.

Un año después, Mariana lanzó su medicamento a nivel nacional.

Tres meses más tarde ya era uno de los productos más vendidos de su categoría.

Santiago Alcázar, inversionista de la empresa, empezó a aparecer a su lado en congresos y cenas. No la interrumpía ni elegía por ella.

Una noche, al salir de un evento, le ofreció la mano.

Mariana la miró antes de tomarla.

Porque había aprendido algo que ya no pensaba olvidar:

nadie tenía derecho a sujetarla si ella no quería.

Cinco años después, NÁYARI Biofarma salió a bolsa.

En la ceremonia, Mariana estaba acompañada por su padre, Sofía, el viejo médico de la clínica y Santiago.

Una periodista le preguntó:

—Doctora Salazar, pasó de trabajar en un cuarto de cuatro metros cuadrados a dirigir una empresa farmacéutica internacional. Si pudiera hablar con la Mariana de hace cinco años, ¿qué le diría?

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